Fernando Ayala: Dignificar a los vivos

Cada vez que suelo utilizar el concepto Memoria, sea cual sea el auditorio, la gente que te escucha lo identifica con la necesidad, especialmente los que tienen vínculos estrechos con las víctimas, de dignificar, de volver a traer al presente, la imagen de lo que representaron sus deudos. 

He aprendido, por lo que he podido conocer de lo sucedido en muchos ámbitos geográficos, sobre todo en Latinoamérica, que en realidad lo que tendría que provocar nuestra atención sería dignificar a los vivos. 

En efecto, son los familiares, las madres, los hijos ( ahora los nietos) los que tienen en precaria la autoestima causada por la violencia sobre sus predecesores. Fueron muchos años padeciendo en la oscuridad, casi siempre bajo un silencio impuesto. 

He llegado en Extremadura a conocer algún caso donde el hijo cargaba las culpas de la desgracia acontecida sobre su padre asesinado, no sobre los verdugos, sino sobre los causantes de las ideas que le habían llevado a la muerte. 

Siempre hemos defendido que en democracia la pluralidad es síntoma de riqueza. El combate está en la palabra. El objetivo, cuando se sobrepasa y se acude a otros métodos, es romper el silencio y reivindicar la herencia de aquellos que primaron la convivencia frente al dominio de la fuerza. 

Por eso, quería insistir hoy en que rescatar la Memoria de tanta gente asesinada por sus ideas ( sean estas las que sean) va más allá del necesario resarcimiento que da el descanso de recuperar sus restos materiales. 

Tenemos que volcarnos en lo que las víctimas han representado y luchar contra aquellos que quieran volver a arrebatárnoslas. Y eso sólo podemos hacerlo dignificando la figura de los vivos. De los que han cogido el testigo de nuestros pioneros en esta escuela o aprendizaje democrático que, pese a estar aparentemente asentado, no se halla consolidado en muchas partes. Lamentablemente la actualidad nos marca un camino en sentido contrario al que pregonamos. 

De esta manera los actos públicos de Memoria, los centros escolares, la formación en los Ayuntamientos debe hacer hincapié en tener siempre presente, por un lado el recuerdo de las personas, pero por otro,  la pedagogía permanente sobre los valores democráticos. 

En ese sentido tenemos que “tocar” a los muertos. Traer sus experiencias vividas en contextos a veces muy similares a los nuestros. A modo de ejemplo, si leemos la Historia, veremos que ya en la década de los 30 nuestros parlamentos debatían con pasión sobre la importancia de los nacionalismos y la pugna entre el centralismo y otras formas de vida en común. Y a veces la consecuencia de estos desencuentros fue enormemente funesta. No triunfó la palabra. 

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