Lara Garlito: Excepción ibérica

De mi última visita a una librería de Cáceres, de esas de siempre, de las que a la hora de pagar siempre hay algo que comentar de la vida, de la situación en la que se encuentra la sociedad o la ciudad salí con varios libros, uno de ellos, el más pequeñito se llamaba Américo Vespucio, Relato de un error histórico de Stefan Zweig. A veces, la elección de una lectura, por muy absurdo que resulte, el tamaño importa, y en una de estas noches, con poco tiempo y los párpados ya prácticamente caídos, lo elegí exactamente por ese motivo. Era pequeño sí, pero profundamente interesante, y subrayé lo siguiente: «Y nunca sabremos por qué precisamente Waldseemüller quería quitar al nuevo continente el nombre que le había dado. Pero ya es demasiado tarde para cualquier tipo de corrección. Raras veces la verdad se adelanta a la leyenda. Una palabra, una vez lanzada al mundo, saca fuerzas de él, vive libre e independiente de quien le dio la vida».

Una concreción sobre un hecho histórico que podría hacernos reflexionar sobre el día de hoy, de mañana y de pasado. Vemos cómo se lanzan mensajes distintos casi a cada minuto, interpretaciones continuas, versiones de una misma noticia buscando ese «alcanzar la leyenda» porque «raras veces la verdad se adelanta». En estos momentos de incertidumbre, de acontecimientos que se adjetivan con términos como «históricos», «sin precedentes» y que de tanto repetirlos casi han perdido su valor primigenio para devaluarse al contrario y resultar cotidianos, la propia angustia provoca que todo sea inmediato, que las soluciones salgan de una chistera y el conejo lo resuelva todo sin rechistar. Todas y todos sabemos que eso no existe, aún más cuando los problemas son de amplio alcance y con ramificaciones de impacto directo en cualquier casa, en cualquier hogar. Cuando viajamos en un avión y hay turbulencias, pensamos en su tripulación, y confiamos en la dirección y concentración del piloto.

La semana pasada el ruido de las demandas, de las interpretaciones y las soluciones baratas estaban en todas las esquinas, pero, mientras, un presidente del gobierno de España estaba midiendo los tiempos, afinando los lugares de negociación, entendiendo al proyecto europeo del que formamos parte, esforzándose hasta el último minuto solo para perseguir un objetivo: bajar el precio de la energía, conseguir que bajen los precios de todo, porque a todo afecta. Consiguió que se reconozca la excepcionalidad de la Península Ibérica, consiguió que España y Portugal fueran una sola voz, consiguió que se reconociese que aquí, en la Península, se está apostando por el futuro de las energía limpias, baratas. Consiguió que esas grandes reuniones que vemos de lejos en la televisión y que, a veces, pensamos que no sirven para nada, sepamos que saber negociar allí, tendrá su impacto directo aquí, en nuestra casa, en nuestras próximas compras, en los próximos recibos, y eso significa que hay quien gobierna en grande para que sean los que más lo necesitan los que obtengan el beneficio de la política en mayúsculas.

Y todos aquellos que hablaron, interpretaron, analizaron tanto, la verdad les alcanzó, esta vez sí. Hay un gobierno preocupado y ocupado.

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